La desazón de los capitanes de la Industria

Opinión 04 de enero de 2019 Por
#PanoramaSemanal por Alejandro Bercovich. Esta semana el daño que dejo Iguacel y el descontento de los petroleros que no financiarán un Macri 2019 esta vez.
20180424 - macri vaca muerta
Macri en vaca muerta

La frustración de Paolo Rocca es la misma que, a menor escala, sienten todos los industriales que apoyaron con entusiasmo a Mauricio Macri en 2015 y acaban de experimentar un desplome productivo de dimensiones bélicas, el más pronunciado desde junio de 2002. El balance no para de entregar números rojos: compañías que valen la mitad que un año atrás, crédito doméstico e internacional vedado, negocios locales abúlicos y un ajuste en puerta sin precedentes. A Rocca, como a los demás popes del establishment, se le sumó en los últimos meses algo inédito: el miedo a terminar preso. Incluso aunque nadie crea seriamente que Claudio Bonadio vaya a meterlo en un calabozo por dos años como Sergio Moro a Marcelo Odebrecht en Brasil, la sola posibilidad de que eso ocurra con él o con otros empresarios top terminó de contaminar una campaña a la que ya le iba a costar encontrar financistas.

La eyección del secretario de Energía, Javier Iguacel, vino a coronar ese descontento en el sector más mimado por la política económica de Cambiemos, incluso por encima de la producción de soja para la exportación. El recorte de los multimillonarios subsidios para Vaca Muerta era algo que todos los petroleros veían venir para un 2019 ya sin margen para el déficit fiscal. Y aún así, el fracaso total de Iguacel para imaginar alternativas o senderos para retirarlos gradualmente los convenció de que la incapacidad técnica y la ausencia de un plan pueden combinarse incluso peor que la corrupción y la ineficiencia.

La principal misión de Gustavo Lopetegui va a ser sostener jurídicamente los tarifazos de luz y gas que anunció Iguacel antes de irse. Eso terminaría de barrer, de un plumazo y sin anestesia, con los desestabilizantes subsidios a los usuarios heredados del devidismo, que Axel Kicillof procuró pero no llegó a desmontar. Antes que eso, no obstante, Lopetegui deberá eliminar gradualmente los subsidios a la extracción de gas de Vaca Muerta. Esas subvenciones iban a costar casi 1.500 millones de dólares en 2019. Una montaña de plata. Los destinatarios, a diferencia de los subsidios a la demanda, son apenas un puñado de empresas. El 70% lo venía cobrando Tecpetrol, la petrolera de los Rocca. Le seguía la Compañía General de Combustibles (CGC) de Eduardo Eurnekian.

Los petroleros más experimentados ya no entienden siquiera si hay una lógica. Algunos ya habían empezado a mofarse de Iguacel hacía tiempo. Como Carlos Gilardone, ingeniero en petróleo y profesor del posgrado de Ingeniería de Reservorios de la UBA. Cuando el ahora exsecretario subió a Twitter una nota de un diario chileno que elogiaba el repunte de la producción argentina, en agosto, le espetó: "Maestro, bajate de la moto que esto no se hizo en dos años. Esto se hizo a partir de la gestión de Galuccio, el Plan Gas y a los que nos rompimos la cabeza haciendo proyectos como El Orejano, Segmento V, EFO (Estación Fernández Oro) y Río Neuquén". Y agregó, por si quedaban dudas: "Tecpetrol ahora copió lo hecho por YPF".

Baraturas

No es que Macri haya decidido ahora tomar las riendas de la política energética y que antes la hubiera tercerizado, como subtitularon en estos días los más cotizados hermeneutas del oficialismo. No es que el exCEO de Shell y el exCEO de Pluspetrol hayan hecho mal las cuentas y que ahora vaya a enmendarlas el exCEO de LAN, de la mano de un Macri "auténtico" y liberado de los condicionamientos que según ese relato le imponían sus anteriores colaboradores. Tampoco se trata del tan mentado viraje del gradualismo al shock. La energética fue siempre la política que dictó Macri. Solo que ahora emergieron sus contradicciones.

¿Cuál es la más decisiva de esas contradicciones? Que no se puede garantizar ganancias crecientes en dólares a un puñado de empresas amigas (o incluso propias, como Yacylec) y a la vez intentar atraer inversiones bajando el costo de producir en Argentina. En un mundo donde la energía barata desplazó a los salarios bajos como ventaja competitiva clave, y justo mientras Estados Unidos y Europa procuran frenar y revertir sus procesos de desindustrialización, la autoproclamada modernidad de los meritócratas herederos vuelve a oler a viejo.

¿Acaso la noción de que la energía barata atrae más y mejores inversiones que los salarios bajos es un fenómeno del último bienio, que por lo disruptivo se le puede haber escapado al mejor equipo de los últimos 50 años? ¿Acaso es una novedad de la gestión Trump? Nada de eso. Libros como The Frackers (Greg Zuckerman, 2013) o The Boom (Russell Gold, 2014), publicados mucho antes de que Macri y Trump fueran electos, cuentan con lujo de detalles cómo las grandes petroquímicas, siderúrgicas y fundidoras de aluminio volvieron a instalarse en el Golfo de México de la mano de la revolución del shale gas. Europa, que penalizó las emisiones de carbono y dedicó ingentes recursos fiscales a subsidiar energías alternativas, fue la contracara negativa del proceso.

Iguacel, coinciden casi unánimemente en el sector energético, canchereó demasiado para alguien con tan poco equipo y tan poca preparación. Fletó con bombos y platillos un buque regasificador que dijo que no necesitaría más y que costaba demasiado pero que ahora habrá que reemplazar por otro para volver a importar gas licuado en invierno y no pasar frío. Nunca abandonó el modo campaña. El saldo fue el mismo que en su previo paso por Vialidad: muchos nuevos enemigos y pocos resultados. Ahora, de regreso en su Capitán Sarmiento natal, su ansiada candidatura a vicegobernador se le va a hacer cuesta arriba. ¿Volverá a pelear la intendencia?

Te puede interesar