El camino de la integración es la producción

Opinión 11 de junio de 2019 Por
#Opinión Por José Ignacio Mendiguren para El Esquiú
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Si el vínculo con Brasil todavía no muestra su máximo potencial, el porqué debería buscarse en cómo encaramos la relación con nuestro principal socio a través del tiempo. La idea de avanzar en una moneda común para el Mercosur, que presentaron los gobiernos de Mauricio Macri y Jair Bolsonaro, es otro capítulo en esa novela interminable: la de soluciones mágicas para un problema complejo como la integración regional. En un mundo que no es el mismo que era cuando se creó el Mercosur, las estrategias para potenciarnos deben sofisticarse más temprano que tarde.

El perfil político e ideológico de los gobiernos que guían los destinos de nuestros países construye la miopía con la que acceden a la realidad. Dentro de su campo visual, pero fuera de foco, está lo que es evidente y no pueden percibir: para insertarse con éxito en un mundo que compite por agregar valor a través del conocimiento, la innovación y la tecnología, no hay alquimia monetaria que pueda siquiera iniciar el proceso.

La unión de monedas no es el punto de partida, eventualmente puede ser un punto de llegada. Pero siempre supeditado al éxito de una integración mucho más importante que la de los billetes, las tasas de interés y los balances fiscales: la integración de la estrategia productiva. Recuperar la grandeza de objetivos, además de una tarea a nivel nacional, es un deber para la región. Integrarnos ha dejado de ser una opción para transformarse en una necesidad.

Esa falta de estrategia productiva para la integración se muestra claramente si revisamos la historia reciente. Argentina perdió tres puntos de participación en las importaciones brasileñas durante los últimos años, mientras China aumentó esa participación. Esto profundizó nuestras asimetrías, manifestándose en un déficit comercial crónico y creciente.

¿Cómo pensarnos para adelante? Un dato muestra cómo el vínculo que nos une puede ser beneficioso si sabemos potenciarlo: por cada punto que crece la economía brasileña, la de Argentina lo hace en 0,25 puntos.

Si empezamos a pensarnos conjuntamente, Argentina y Brasil tienen un potencial de crecimiento inigualable: somos la quinta economía mundial, tenemos la reserva de petróleo más grandes del mundo, la segunda reserva de shale gas a nivel planetario, el 30 por ciento de las reservas de agua dulce, el 50 por ciento del litio mundial, la mitad de la producción de soja a nivel global, el 15 por ciento de la producción mundial de frutas. En cada uno de estos sectores, podemos agregar valor a nuestras riquezas naturales y transformarlas en la plataforma para despegar definitivamente de la primarización a la que el mundo prefiere confinarnos. Simple y sencillamente, agregar valor para no tener que importarlo.

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Como quedó plasmado durante mi segunda presidencia en la Unión Industrial, cuando convocamos a ambos gobiernos y a los empresarios de los dos países a una Conferencia Industrial dedicada de manera exclusiva a avanzar con el concepto de Integración Productiva. Dijimos con claridad: teníamos una oportunidad histórica y bisagra de dar un salto de calidad en ese proceso. Lamentablemente, quedamos estancados y hoy estamos viendo las consecuencias.

Detrás del espejismo de una moneda común sin integración productiva, está la ingenuidad de una visión del mundo que nos convierte en víctimas de la globalización en lugar hacernos protagonistas. El primer paso para avanzar encuentra su impulso en la voluntad política de entender que la integración es una condición necesaria para el desarrollo nacional de nuestros países. Una integración productiva para el desarrollo regional.

Fuente: El Esquiú

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