El frente externo

Economía 25 de junio de 2019 Por
#Opinión por Horacio Rovelli. Si se da una debida respuesta a la deuda, se pueden manejar los demás problemas de la economía
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Un país cuyo nivel de actividad desciende drásticamente en tres años y medio y donde se incrementan el desempleo y la pobreza, tiene serios conflictos económicos, sociales, políticos e ideológicos. Para centrar el estudio en los problemas de la economía argentina, diremos que los mismos pueden ordenarse por sus necesidades de solución. Y el primero es el frente externo, que no solo abarca el tema de la deuda sino también la inserción del país en el comercio internacional y las relaciones entre giro de utilidades de las empresas extranjeras a sus casas matrices y la fuga de capitales.

Si se da una debida respuesta al frente externo, se pueden manejar los demás problemas de la economía nacional.

Anthony Thirwall, economista keynesiano de la Universidad de Kent, Inglaterra, plantea que, para la mayoría de los países atrasados, debido a que el crecimiento de la fuerza de trabajo es alto y la propensión al ahorro es baja (fundamentalmente por la fuga de capitales y su no conversión en inversión), esa combinación hace que se trabaje con bajo nivel de productividad en general, más allá de algunos y determinados enclaves productivos, la más de las veces explicados por una ventaja comparativa del uso del subsuelo o del suelo.

Por lo tanto, se producen serios desequilibrios entre la tasa de crecimiento de la población y la tasa de acumulación del capital, con lo que se conforma el desempleo debido a la falta de capital para trabajar. En estos casos, la receta de bajar salarios y/o flexibilizar las condiciones de trabajo no solo no son la solución del problema, sino que lo agravan. Lo que debe hacerse es aumentar la Inversión Interna Bruta Fija [1]

Dicha inversión se realiza si —y solo si— se genera un mercado interno fuerte para colocar esa producción como base y punto de partida de la acumulación de capital y, a medida que se va ganando en capacidad (economía de escala), eficiencia y calidad, se puede exportar. Para Anthony Thirwall, el crecimiento sostenido depende de la elasticidad de las exportaciones y de la elasticidad ingreso de la demanda de importaciones [2].

En la Argentina, como en la amplia mayoría de los países semi industrializados, desciende fuertemente la elasticidad precio de las exportaciones por la consolidación de las cadenas globales y no se puede competir vía precios sin pertenecer a esas cadenas. Las Cadenas Globales de Valor (GVC) administradas por las empresas transnacionales representan el 80% del intercambio mundial.  Un 30 % de las exportaciones de la Argentina son alimentos, y en 2018, el 60,9 % se dividió en tan solo en cinco productos primarios con bajo valor agregado.

Paralelamente, tomando un largo período de la historia económica argentina (1980-2015), por cada punto que crece el PIB industrial, las importaciones lo hacen en tres puntos.

Por lo tanto, se debe ver y estudiar detenidamente esas dos problemáticas y darles debida respuesta.

En su momento se pudo superar la restricción de las cadenas globales de valor mediante los acuerdos de integración en el Mercosur, Unasur y Celac, así como las ventas y compras directas con la República Popular China en primer lugar y con otros países con los cuales tenemos economías complementarias. La idea original era integrar las producciones de Unasur, que cada país haga una parte del bien final, para venderlo a terceros países. Ese camino debió desandarse para beneficio de las cadenas globales de valor, tras el acceso al gobierno de Bolsonaro en Brasil y Macri en la Argentina, por tratarse de los dos mayores países de la región, con lo que resintieron seriamente los tratados acordados.

Para superar la elasticidad ingreso de la demanda de importaciones de nuestra industria se debe volver a sustituir compras en el exterior por producción local, aunque al principio sea más costosa y de menor calidad. Pero no hay opción: no podemos dilapidar divisas que no generamos, por lo que hasta que las exportaciones puedan pagarlas se deben reemplazar las importaciones.

Industria y balanza de pagos

Carlos Pellegrini decía que “sin Industria no hay Nación” y esto es así por su efecto generador de empleo y multiplicador de la inversión al demandar productos del mismo sector industrial y de otros sectores de la economía. Nicholas Kaldor, otro economista inglés y keynesiano como Thirwall, sostenía “que la tasa de crecimiento de una economía se relaciona de manera positiva con la correspondiente a su sector manufacturero, lo cual implica que este se considera el motor de crecimiento”.

Si China y los países del este asiático han tomado la dimensión que tienen es gracias a su industria, así como los países otrora centrales al disminuir la participación de la industria en su PIB han reducido sideralmente su tasa de crecimiento, independientemente de lo que ahora se denomina industria del conocimiento, pero que es un tipo de industria con una transformación distinta de la materia prima.  El desarrollo de las dos, de la industria manufacturera y la llamada industria del conocimiento, debe retroalimentarse y perfeccionarse a la vez.

En la Argentina actual la industria manufacturera opera con una gran capacidad ociosa. El INDEC estimó que la utilización de la capacidad industrial (UCI) en abril 2019 fue solo del 61,6%, con niveles bajísimos en la industria automotriz (UCI 37,6%) y metalmecánica (UCI 46,7%). La destrucción de empleo en la industria va de 1.252.100 en diciembre de 2015 a 1.124.500 trabajadores en marzo de 2019 (último dato disponible del por ese entonces Ministerio de Trabajo de la Nación), y descienden mes a mes las exportaciones industriales [3].

El saldo comercial positivo obtenido en lo que va del año es por el fuerte descenso de las importaciones ante la recesión imperante, con fuerte caída del PIB en 2018 que continua en 2019 [4], dado que las exportaciones, pese a una devaluación de más del 100% en el acumulado del primer cuatrimestre de 2019, fueron menores en 1,2% con respecto a igual lapso de 2018. En 2019 se exportó por 19.491 millones de dólares y, en cambio, las importaciones del período fueron de 16.345 millones de dólares, un 28,9% menor que el acumulado de los primeros cuatro meses del año pasado.

Por supuesto, pese al magro superávit de mercancías, el saldo de la cuenta corriente de la Balanza de Pagos ante las obligaciones por intereses de la deuda y el giro de utilidades de empresas extranjeras a sus casas matrices, más los saldos negativos de los servicios reales (royalties, fletes, seguros, comunicación, turismo, etc.), implicaron resultados negativos por 31.598 millones de dólares en 2017 y de 28.003 millones de dólares en 2018.

Sin embargo, con ese cuadro y ese diagnóstico, en el acuerdo firmado en octubre de 2018 con el FMI se plantea que el déficit de la Cuenta Corriente va a ser solamente del 2% del PIB en el año 2019 (unos 8.700 millones de dólares), y del 2,5% en los años subsiguientes. Pero para que eso sea posible la Argentina debe acceder al financiamiento externo y a la inversión extranjera en la magnitud estimada para cubrir las necesidades de sus cuentas en dólares y, ponderar un incremento de las exportaciones no sólo superior al promedio mundial de los años recientes, sino que también deberían ubicarse en una dinámica que ha estado ausente en la economía argentina de Cambiemos, como lo demuestran los últimos datos disponibles que son los del primer cuatrimestre de 2019 — , el crecimiento de las exportaciones es negativo con respecto al año pasado.

Anthony Thirlwall establece que en el largo plazo la expansión de una economía está restringida por el equilibrio de la cuenta corriente de la balanza de pagos, con lo que además de necesitar imperiosamente reprogramar todos los vencimientos de capital y de intereses, se requiere volver a equilibrar las cuentas externas, lo que a la luz del actual estado de situación es imposible.

No solo no se pueden pagar los intereses de la deuda, sino que el giro de utilidades y los servicios reales de la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos también son negativos y conforman el talón de Aquiles de la economía argentina.

El crecimiento industrial, tanto en el periodo de sustitución de importaciones como en la era de liberalización comercial, ha tenido lugar con frecuentes crisis de balanza de pagos y colapsos del tipo de cambio. Las autoridades monetarias han empleado algún tipo de ancla nominal de la inflación como ariete de la estrategia de estabilización macroeconómica en los años recientes. Frecuentemente ese papel lo ha desempeñado el tipo de cambio nominal (y en ocasiones la tasa de interés o los agregados monetarios). La idea que subyace a esta política es que al disminuir la inflación se estabiliza el tipo de cambio real (TCR), aumenta la competitividad de los bienes comerciables, mejora el saldo en la cuenta corriente y, por tanto, el crecimiento de largo plazo. Pero como hemos visto y hemos experimentado todas las veces que se propusieron esas medidas (Tablita cambiaria de Martínez de Hoz, Plan Austral, Plan de Convertibilidad y este engendro indefinido e incoherente del macrismo), siempre termina mal, con destrucción de los eslabones del proceso productivo, degradación de la economía en general, desocupación de trabajadores y marginalidad social.

La ciencia económica establece otra elasticidad: la del Empleo-Producto, que es en cuanto se incrementan los puestos de trabajo cuando crece el PIB, sobre todo el PIB industrial. En la época de mayor consistencia del kirchnerismo, período 2003-2011, el coeficiente de dicha relación era de 0,36. El PIB en promedio, según el INDEC de Jorge Todesca, creció en ese lapso un 6,5% y la PEA (Población Económicamente Activa) promedió las 16.800.000 personas. Por lo que se generaron en promedio 393.120 puestos por año [5] y la PEA crecía vegetativamente al 1,1% anual. (184.800 personas en promedio fueron lo que por la edad estaban en condiciones de trabajar, suma a la que se les restó los que se retiraron del mundo del trabajo por jubilación u otra razón.)

Por ende, la necesaria generación de empleo está atada a nuestra industrialización y la misma debe darse para satisfacer esencialmente al mercado interno. Que se debe apuntalar y fortalecer con aumentos del salario mínimo vital y móvil y el establecimiento de paritarias sin techo, dado que son los trabajadores lo que lo conforman y que deben producir bienes y servicios con alta integración local o al menos de fácil sustitución de su importación.

Déficit externo y deuda

En la situación que estamos no hay muchas opciones. Todas tienen como base y punto de partida la necesidad de disponer de las divisas necesarias para posibilitar que la economía argentina crezca y distribuya mejor el ingreso.

En ese camino y antes que nada, se debe realizar una amplia auditoría para saber cómo se arribó a la situación en que nos encontramos: quiénes contrajeron deuda en los últimos años, en qué se empleó, quiénes compraron divisas en el mercado de cambio local, etc.

Y se debe contar con un plan que permita revertir el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos. Para ello es imprescindible reestructurar la deuda externa; controlar la fuga de capitales; eliminar todas las trabas administrativas y facultades para liquidar las exportaciones (obligatoriedad en el ingreso y negociación en el mercado único y libre de cambios de la totalidad de las divisas de las exportaciones); limitar las importaciones a lo imprescindible, así como acordar con esos importadores que se financien en el exterior; se deben eliminar las facturas y limitar el uso del cheque en dólares a operaciones con el exterior, se debe cobrar un impuesto por la compra de dólares para atesoramiento; etc.

Esta tarea se ha realizado otras veces en el país, es cierto con otras relaciones de fuerzas internas y externas. Pero basta recordar al gobierno de Arturo Illia (12 de octubre de 1963 al 28 de junio de 1966), que llegó con el 25% de los votos y con la proscripción del peronismo, en cesación de pagos y con los militares y el Departamento de Estado “supervisándolo” (para decir una palabra suave). Sin embargo ejecutó una defensa acérrima del mercado interno, canceló los leoninos contratos petroleros, controló las inversiones y los precios de empresas extranjeras en las automotrices y en medicamentos y fijo el control de cambio. Su presidente del BCRA, Félix Elizalde, al hablar con los importadores les decía: “Se les autoriza a importar para tales y tales actividades, que en este momento no están suficientemente desarrolladas, y además tienen que traer las mercaderías con determinados plazos de financiación, que son los que otorgan países exportadores”. Se obligó a liquidar las exportaciones y se reprogramó la deuda externa. En esos dos años y medio la Argentina creció un 24,1% y la industria en 1965 alcanzó el récord histórico del 33,9% del PIB (porcentaje nunca alcanzado antes, ni después).

No recorrer ese camino implica la imposibilidad de hacer frente a los compromisos externos, con ello una persistente y permanente depreciación de nuestra moneda (tengamos como ejemplo las híper devaluaciones e híper inflaciones de los años 1989 y 1990) [6], con descenso sin piso del salario real y extranjerización de nuestras empresas por la venta de las mismas en dólares por la mitad o menos de lo que valen.

De no enfrentar el problema volveremos a la economía del 2001-2002 a pasos agigantados. El macrismo y los que piensan como el macrismo dicen no volvamos al pasado pero nos empujan a la economía de antes de Kirchner.

[1] Gasto total en activos fijos, tales como fábricas, maquinaria, equipos, construcción, e inventarios de materias primas, que servirá de base para la producción futura.

[2] La Elasticidad lo que hace es medir la capacidad de respuesta de un determinado bien o servicio a una modificación de precio o de ingreso. Así puede definirse la elasticidad de la demanda como un cociente de cambios porcentuales de la cantidad demandada y del precio Y en el caso del ingreso es directamente proporcional a mayores ingresos mayor demanda, por ejemplo, crece el país y con ello crecen sus importaciones

[3] Según el INDEC el desempleo fue del 10,1% de la PEA en el primer trimestre de 2019. De acuerdo con el INDEC, en los 31 distritos relevados por el INDEC hay 1,3 millones de personas desocupadas y otras 1,5 millones subocupadas, con lo cual casi 3 millones de personas tienen problemas de empleo, si se extiende a todo el país puede estimarse en cerca de 4 millones de personas

[4] Según el INDEC, el descenso del PIB fue del 5,8% en el primer trimestre 2019 contra igual período del año pasado por la menor producción fabril y la menor inversión.

[5] 6,5 % de crecimiento del PIB x 0,36= 2,34% y 2,34% de 16.800.000 personas es 393.120 puestos de trabajo por año

[6] El 6 de febrero de 1989 oficialmente el dólar valía 26,80 australes, paso los 100 australes en abril cuando asumió como ministro de  economía Juan Carlos Pugliese. Al asumir Menem la presidencia de la República el 9 de julio de 1989 lo llevó a 650 australes, en diciembre de ese año cerró a 1.950 australes. Un año más tarde, diciembre de 1990 valía 5.820 australes y el 1 de julio de 1991 la convertibilidad fue 10.000 australes un dólar.

Fuente: El Cohete a la Luna

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