Las tres velocidades de la recuperación

Opinión 30 de julio de 2019 Por
#NotaDeOpinión de Enrique Martínez del IPP sobre los dos problemas críticos de la macroeconomía argentina son el balance de divisas y la inflación. En tanto y en cuanto no tengamos bajo control ambas cuestiones, viviremos situaciones de incertidumbre que se asocian a conflictos sociales de variada gravedad.
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Eso lo podemos aceptar por izquierda o por derecha.

La gran diferencia es cómo los encuadramos entre las prioridades de un gobierno. Los conservadores -y todos aquellos que adhieren al pensamiento neoliberal- colocan al tema en el centro de la escena y subordinan toda evaluación de los temas sociales, como la pobreza, la salud pública, la educación o la equidad distributiva, a la macroeconomía. En un absurdo y patético círculo, no encuentran solución ni a la disponibilidad de divisas ni a la inflación, con lo cual sostienen la necesidad de postergar los temas sociales, a los que en todo caso agudizan.

En el campo popular, a su vez, se señala que la prioridad es el plano social: el trabajo digno, la reducción de la pobreza, la mejora en la distribución del ingreso. Se admite la restricción externa y la inflación como problemas serios, pero las políticas suelen terminar siendo una puja entre la búsqueda de las metas sociales y los frenos o regulaciones que somos capaces de poner a nuestras debilidades macro. El llamado cepo o admitir que la inflación sea alta, en tanto los salarios nominales aumenten más que los precios, son dos ejemplos de esa mirada.

Es necesario pensar y aplicar políticas que mantengan el foco en las metas sociales como prioridad, pero que busquen además liberar al país  de las restricciones  mencionadas, para que los intentos de mayor justicia social dejen de ser transitorios.

Eso lleva a implementar medidas en varios planos a la vez, pero que deberían dar resultados con tres velocidades distintas.

PRIMERA VELOCIDAD: GENERACIÓN DE TRABAJO EN FORMA INMEDIATA Y NO CONDICIONADA POR LAS RESTRICCIONES MACROECONÓMICAS.

El país tiene aproximadamente 2.000 municipios. Con la sola excepción de un puñado de ciudades grandes y muy grandes, los demás tienen características que permiten poner a disposición de los gobiernos provinciales, en sus jurisdicciones municipales, capacitación, transferencia de tecnología, más recursos directos y/o créditos para que en cada comunidad se pueda:

. Instalar parques alimenticios, con cinturón hortícola, producción de leche y pollos a escala local, con sus respectivas plantas de industrialización, además de las producciones que la región recomiende.

. Diseminar la generación de energía fotovoltaica a escala domiciliaria, sobre la base de 5000 usd equivalentes/vivienda y una meta de un millón de viviendas, con financiación a largo plazo de los insumos importados.

. Generalizar en base a crédito de tasa real cero el tratamiento de efluentes cloacales a escala domiciliaria o de pequeños grupos de vivienda, con tecnología mundialmente probada y con obras civiles de dimensión modesta. Recordemos que el 50% de la población no tiene cloacas.

. Rehabilitar el programa de fabricación de 1.000.000 de guardapolvos, pero con descentralización provincial.

. Idem un plan Qunitas, con base de 500.000 unidades por año en todo el país y con unidades de producción provinciales.

. Plan lote propio, con un horizonte de 70.000 hectáreas urbanizadas en todo el país, que permitirá ofrecer al menos 1.500.000 lotes a personas sin vivienda, con financiación generosa, para la autoconstrucción, con pautas edilicias comunes y aprobadas de manera colectiva.

. Programa de crédito a tasa real cero con montos acotados por unidad, para refacción o ampliación de viviendas.

Puede ampliarse esta lista, al alcance de cualquier municipio del país. Es ocioso poner esfuerzo en calcular en detalle el efecto ocupacional de este paquete inmediato, pero resulta evidente que se pueden generar centenares de miles de trabajos, autogestionados, cooperativos o en relación de dependencia, en tanto se establezcan programas que dependan de ministerios diferentes y a los cuales se les asignen los fondos respectivos, que tienen muy bajo o nulo componente importado, salvo por el plan energético, que tiene solución simple.

SEGUNDA VELOCIDAD: ORDENAMIENTO DE LA BALANZA DE PAGOS Y REDUCCIÓN DE LA INFLACIÓN A TASAS INTERNACIONALES.

Esta tarea, que ya se ha señalado como esencial y crítica, debe iniciarse al momento mismo de comenzar un gobierno, pero será altamente saludable que suceda en paralelo con los programas anteriores, porque los resultados se darán en tiempos mayores que aquellos.

Las cuentas externas

De una manera casi perversa, el neoliberalismo minimiza el problema de la disponibilidad de divisas, exactamente a la medida del poder financiero, que espera ser acreedor eterno de los países periféricos. Supone que todo el manejo debe ser libre, que en última instancia con las exportaciones superando a las importaciones estamos hechos y finalmente, es cuestión de arreglar con los bancos. Se trata de una lógica cercana a la de un drogadicto o la de cualquier ludópata, que apenas viven el presente.

Eso es totalmente falso. De pies a cabeza. En realidad, si queremos una analogía, deberíamos decir que para un país con moneda inconvertible, las divisas que necesita para comerciar con el mundo son como el agua de un oasis en el desierto; deben ser rigurosamente administradas.

La única actitud socialmente sana respecto de las divisas es llegar a considerarlas un bien de cambio y no un medio de atesoramiento o de seguro de valor. Un gobierno popular debe construir escenarios donde en los años que lleve enterrar el miedo a la inflación, los compatriotas puedan cuidar sus ahorros: invirtiendo en empresas públicas que garanticen renta actualizada por inflación; en cédulas hipotecarias también indexadas, que se apliquen a financiar viviendas u obras de infraestructura.

En tal marco, se debe:

. Promover las exportaciones, sin retenciones y con obligación de liquidación de divisas en términos inmediatos y penas importantes para las situaciones donde se triangulen ventas al exterior para reducir los montos liquidados.

. Establecer una paridad diferencial, más onerosa, para la demanda de divisas para turismo.

. Modificar la ley de inversiones extranjeras, para que las empresas que se instalen de ahora en más deban tener balance de divisas al menos equilibrados, considerando todos los ingresos y egresos derivados de su actividad: exportaciones, importaciones de materias primas y componentes, contratos de asistencia técnica o asesoramiento legal, giro de utilidades. Las empresas ya instaladas en el país deberían encuadrarse en la norma en plazos progresivos menores a 10 años, con sanciones impositivas para las que no lo hagan. Esta modificación debería tener un seguimiento específico para la industria automotriz y para la industria de electrónica de entretenimiento, donde se puede y debe generar mucho trabajo local en la medida que se busque la eliminación del drenaje de divisas.

. Reducir la posibilidad de compra de dólares para atesoramiento a 1000 usd/mes.

. Restablecer aranceles diferenciales para las importaciones de alimentos y otros bienes de consumo durables y no durables producidos en el país.

Es en el contexto de esta mirada que se debe refinanciar la deuda externa salvaje que nos tiran por la cabeza, señalando que es obvio que la única manera de pagar es con saldos positivos de la balanza de pagos. El pago debe estar vinculado a esa evolución.

No cabe duda que este es el frente predilecto del poder financiero y no se ordenará solo con discursos o con reglas unilaterales. Sin embargo, estamos convencidos que sólo un país que muestre respeto por el uso de las divisas puede reclamar una contrapartida equivalente en la cancelación de sus obligaciones.

La inflación

También aquí debemos superar la dependencia cultural que asocia la inflación a la emisión de dinero por parte del Banco Central.

Estamos en una situación dolorosa, pero ideal para cancelar ese mito. El país sufre caída de actividad hace años, además de una presión enorme desde el gobierno para ajustar todos los frentes de gasto o inversión. Además, por supuesto, cae el salario real. O sea que no hay exceso de demanda en ningún lado sino lo contrario. Sin embargo, hay una inflación galopante.

Es una pavorosa combinación de inflación de costos generada por un gobierno que favorece a amigos proveedores de servicios monopólicos, además de la bicicleta financiera, con tasas de interés absurdas, con empresarios acostumbrados a trasladar cualquier posible o real mayor costo a sus consumidores, sin plantarse nunca frente al Gobierno que causa el problema, simplemente tratando que la inflación juegue a favor de su mayor rentabilidad.

En tal ámbito es necesario que el Estado desaparezca como increíble promotor de la inflación; que regule el sector financiero, tomando las riendas de una política que lo asuma como un servicio y no como un negocio en sí mismo; que establezca pautas también de servicio en la energía, el agua, el gas y todo aquello que ha servido vía tarifas para trasladar miles de millones de dólares a manos de unos pocos.

Eso no bastará. Se necesita que los empresarios entiendan que la inflación también los perjudica. Se debe tener un Consejo de Precios y Salarios muy activo donde:

1- Los empresarios tomen compromisos de salarios de sus dependientes, en simultáneo con compromisos de precios de sus productos.
2- Se debata y esencialmente se haga docencia sobre el papel del Estado en monetizar el crecimiento, entendiendo todos que la emisión para financiar la generación de trabajo es enteramente legítima y recomendable. La emisión solo se convierte en un problema en un país con plena ocupación, si se pretende a través de ella mejorar el salario real de los trabajadores, que en tal situación debe ser fruto de la mayor productividad distribuida con equidad, evitando que los empresarios se apropien de ella, como ha sucedido en los últimos 50 años.

La reducción de la inflación a valores menores de un dígito es condición necesaria para un país que quiera planificar con serenidad, donde los residentes y los extranjeros puedan pensar su vida sin componentes especulativos ni de seguros de valor. El camino neoliberal literalmente nos mata y además ni siquiera se acerca al objetivo. Cabe construir nuestro propio camino, sin creer que basta que los sueldos aumenten más rápido. Eso es pan para hoy y hambre para mañana.

TERCERA VELOCIDAD: LA INCORPORACIÓN DE TECNOLOGÍA PROPIA A LAS CADENAS DE VALOR

El primer grupo de acciones presentadas genera trabajo y esperanza en todo el país desde el primer día.

Bajar la inflación y ordenar las cuentas externas elimina la hegemonía del poder financiero y genera más trabajo a partir de la libertad de pensar y crear que invade a cada habitante del país.

Hay un tercer grupo de acciones en que la combinación de tareas del sistema de ciencia y técnica argentino y la transferencia de saberes al sistema productivo nacional, generan un crecimiento sistemático de la productividad física – no confundir con la productividad monetaria, que es una falacia – , lo cual significa que con igual esfuerzo generamos más riqueza y se refuerza el horizonte de mejora de calidad de vida.

Debe contarse con programas quinquenales de incorporación de tecnología por sector industrial.

Los alimentos; los bienes de consumo semidurables, como vestimenta, calzado, equipamiento del hogar; la línea blanca; los equipos de transporte personales livianos; la electrónica de entretenimiento, deben tener programa articulados con organismos de ciencia y técnica, que nos permitan recuperar la soberanía tecnológica en cada uno de los sectores.

Seremos más claros con algunos ejemplos:

Si las hamburguesas de calidad se ligan con proteína de soja importada;

si parte de la lana se lava en un puñado de lugares en el país, porque no tenemos lavaderos pequeños y luego se exporta sucia o peinada, sin confección alguna;

si el cuero se sigue descartando en proporciones alarmantes porque se lo maltrata en los mataderos y luego se lo exporta con un proceso simple;

si los calefones de primer marca tienen quemadores italianos;

si las heladeras tienen compresores brasileños;

si los televisores ni siquiera tienen gabinetes diseñados y fabricados aquí;

si las motos eléctricas se diseñan en casi cualquier colegio técnico, pero se importan de China;

todo esos ejemplos y decenas más que pueden sumarse muestran que nuestras cadenas de valor son frágiles, porque la desindustrialización nos ha vaciado las cadenas de valor. Eso refleja baja productividad global y posibilidades que los empresarios ganen más dinero importando que produciendo, lo cual es malsano para todos.

Resulta evidente el potencial de generación de trabajo que la autonomía tecnológica implica para el conjunto del país.

Las tres líneas de recuperación de la actividad productiva que se han esbozado y por supuesto pueden y deben desarrollarse mucho más, no son lo único que se puede y debe hacer.

Es aquello que se puede planificar. A eso se deben sumar las negociaciones con los productores de acero, de aluminio, la gran minería, de concentrado de litio, para integrar aguas abajo esas cadenas. Se debe revisar toda la potencialidad de nuestro sector de maquinaria agrícola, para acompañarlo en su modernización y en la instalación en América Latina con más fuerza, especialmente en los países que trabajan sobre pequeñas superficies, a los cuales el gigantismo de la pampa húmeda no se adapta. Se pueden mencionar media docena más de escenarios posibles, de alta tecnología y de modesta tecnología.

El punto central, que este breve documento quiere resaltar y reiterar es la imperiosa necesidad de pensar en generar trabajo como prioridad, no en seducir empresarios genéricos que andarían en un satélite buscando donde depositar sus fortunas. Esos existen, pero son especuladores financieros, que mejor harían quedándose en casa.

Ocupémonos.

Fuente: Instituto para la Producción Popular

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