Con restaurantes, vinotecas y bares, Villa Devoto es el nuevo polo gastronómico

Comercio 10 de agosto de 2019 Por
La movida gourmet le está cambiando el ritmo al barrio. Barras, clubes de jazz, vinotecas, mercados orgánicos y restaurantes sofisticados se suman a las heladerías y bodegones de toda la vida.
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La búsqueda de circuitos de ocio descentralizados no es nueva. Desde la expansión a barrios periféricos que luego se pusieron de moda como Núñez en su momento a clásicos resucitados como Villa Crespo, Chacarita y luego Caballito, la idea es salirse de la rutina conocida a la hora de comer y beber.

Ahora parece haberle llegado el turno a Devoto. Considerado el “jardín de la ciudad“, este barrio residencial que combina arquitectura de patrimonio cultural (bibliotecas públicas, colegios y encantadores edificios históricos), tranquilidad vecinal y mucho verde, también se posiciona como destino foodie.

Así en torno a la bella plaza central de Devoto, Plaza Arenales, llama la atención la nueva movida epicúrea que agita el barrio menos pensado con barras, clubes de jazz, vinotecas, mercados orgánicos, restos con alta inversión y el desembarco de cadenas conocidas.

Laganini: jazz y cócteles

"Si tenés que preguntar qué es el jazz, entonces nunca vas a saberlo", dijo alguna vez un gran músico. Quizás lo mismo aplique para la pregunta de qué es un gran cóctel o, tal vez, un gran bar. De seguro tendría que tener algunos de los ingredientes de Laganini, un hermoso espacio de alta coctelería inaugurado a fines de 2018.

Por si hace falta aclararlo, este reducto se plantea como un club de jazz donde es posible beber buenos cócteles y picar algo. La ambientación onírico-musical es impecable y se inspiró en un jazz bar de Croacia del que alguno de sus cuatro dueños quedó prendado en un viaje.

Desde la entrada, los detalles de los pasillos (mil espejos aptos selfies), las lámparas y en particular un reservado al que se ingresa sin contraseña o membresía y que es cuasi un altar para los devotos de Nina Simone, con silloncitos, cuadros y libros: todo configura un reducto acogedor y seductor.

La coctelería acá no es detalle menor. Comanda la preciosa barra de mármol ámbar con elegancia y técnica Bruno Rosig (veterano del Eter Club), y los cócteles son acordes en precio y calidad a la elegancia de la propuesta.

Recomendamos el Sinnerman (gin, Campari, vinagre de frambuesas, miel, limón y tónica), el Simone (JW Red Label, jerez, miel salada de coco, limón, azúcar y clara) o el Mississippi Old Fashioned (bourbon de manteca de maní, vermouth rosso, Cynar y bitter de naranja), promedio $250.

La carta de comida es por ahora acotada, pero la hamburguesa de la casa cumple. Para conocer la propuesta de shows en vivo basta chequear las redes de Laganini.

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Tiempo de Sabores: un paraíso de vinos

Aunque Tiempo de Sabores (TDS para sus fanáticos) ya lleva un tiempo en el barrio, no todos lo conocen. Y es por eso que resulta una joyita semi oculta que sin dudas atraerá a los porteños ávidos de descubrir pequeños e íntimos paraísos gastronómicos. 

Lo bueno de TDS es que tiene algo para todos los gustos, literalmente, ya que se desdobla como restaurante especializado en tapeo, vinoteca con más de 600 etiquetas, tienda de productos gourmet y mercado de orgánicos. Todo dispuesto en una hermosa casa que es patrimonio histórico del vecindario.

Desde luego que el fuerte del lugar son los vinos, con una gran selección de etiquetas, de vinos por copa y en mesa, todo a precio vinoteca. Hasta hay una sección de vinos de España que incluye cava. La carta también recoge inspiración europea: además de los tapeos, ofrece pastas, rissottos y un postre típico con una receta de más de 100 años: tocino del cielo.

La receta original proviene de Jerez de La Frontera donde las monjas le encontraron un segundo uso a las yemas de los huevos que usaban para clarificar el licor. El resultado es esta delicia de almíbar, yemas y azúcar.

Para los que no quieren quedarse en el vino, hay carta de cóteles (clásicos y aperitivos) con barrita exterior incluida, cervezas importadas y hasta venta de destilados (de muy buenas marcas y gran variedad).

Mecha + Bronce: Nuevos aires sibaritas

Si el barrio ya tenía un espacio como Alicia, uno de los restaurantes más publicitados de este incipiente polo gastronómico, Mecha es el nuevo emprendimiento del mismo grupo, toda una garantía de experiencia epicúrea.

El espacio tiene todo para hacer las delicias del instagrammer foodie: neón con frase pegadiza en su puerta, jardines colgantes, una cava inmensa de vidrio que atraviesa el local, madera y parrilla a la vista. Es claro que cada vez más los empresarios gastronómicos entienden la importancia de comer en un entorno estético y visualmente atractivo.

El menú no se queda atrás: a cargo del chef Abdala Ghisays y bajo la premisa general de una parrilla en versión 2.0, se sirven cortes, pastas, pescados y arroces. Destacan en creatividad y presentación, sin embargo, las pequeñas raciones, como las entradas: pan de queso, chutney de tomates, crema de cilantro; mollejas, papa rosty, choclo quemado; chorizo, provenzal y huevo a 65 grados. El hit de la casa es el T-Bone (en dos presentaciones: 800 y 1200 gramos) y el flan de coco.

Por su lado, la propuesta se complementa con el bar Bronce, también de una cuidadísima estética que aprovecha un espacio estrecho que podría pensarse casi como pasillo. Con buena música, es el lugar ideal para acodarse en la barra antes o después de la cena en Mecha. Aquí, bajo el asesoramiento del barman Fede Cuco, hay variedades de juleps, sours, tónicos y spritz que intentan llevar de la mano a un público conservador en materia cócteles.

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Panchos y helados: los clásicos vigentes

A las cadenas de conocidas pizzerías, casas de té, heladerías y cervecerías que han abierto sus sucursales en Devoto -y hay que decirlo, todas muy bien puestas, marcando de alguna manera que el circuito se caracteriza además por un afán por hacer cosas bellas desde la arquitectura a la puesta en escena- hay que sumar aquellos sitios que ganan con apuestas populares o que resisten el paso del tiempo.

Tanto la panchería Peter´s como la heladería Monte Olivia responden a estas categorías: la primera ofreciendo panchos -casi una institución en sí mismos- pero también sándwiches y choripanchos que salen rápido y son económicos; y la segunda, una heladería de barrio retro y muy querida por los vecinos, que reabrió luego estar cerrada por un conflicto gremial, y que tiene riquísimo helado artesanal, tortas heladas, barquillos y gustos tradicionales, de esos que muchos comíamos cuando éramos chicos.

Fuente: El Cronista

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