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Claudio Belocopitt: "A mí no me da culpa ser multimillonario"

El dueño de Swiss Medical es uno de los personajes más ricos, accionista de sanatorios, compañías de seguros y parte del directorio de América TV. La historia del hombre que cumplió su sueño.

Opinión 10 de febrero de 2021 Colaborador Colaborador
claudio belocopitt

¿Cómo es ser multimillonario en un país con más de 40% de pobres? A mí no me da culpa ser multimillonario.

Claudio Belocopitt, 59 años, más de tres décadas en la industria de la salud privada, se reclina sobre el sillón de cuero, abre las piernas, entrecierra los ojos y se lleva las lentes al mentón. Suspira. Es una respiración lenta, mansa. Parece un gesto ensayado después de pensar, muchas veces y mucho antes de esta entrevista, la respuesta a esa pregunta.

En el octavo piso de un edificio de la Avenida del Libertador, frente al Parque Thays, la oficina del fundador de Swiss Medical Group es una combinación de alfombra de pelo corto, madera y un enchapado de mármol negro que cubre las paredes. Afuera el día es de plomo, aquí nos baña una luz amarilla. Afuera, la humedad típica del febrero porteño, aquí el frío glacial del aire acondicionado.

“La única riqueza que genera un sentimiento de culpa es la que te afanaste, la ganaste a costa del hambre de otro. Pero no a costa del laburo. No se trata de lo que tenés, sino de lo que hacés”, dice Belocopitt.

multimedia.normal.bd12d2bc5e4708a5.61662d6165612d31363230783830305f6e6f726d616c2e6a7067Qué le pedirá el Gobierno a los empresarios en la reunión de hoy por los precios de los alimentos

¿Y Usted qué hace?

Me esfuerzo todos los días para que esta organización sea mejor y que la gente crea que está eligiendo a esta organización porque siente que está bien atendida. Y que el personal esté bien pago. Yo generé un valor que no sólo contribuye al sistema de salud. He creado una infinidad de puestos de trabajo. Cuando reciben la medalla por los veinte años de trabajo en la compañía, mis colaboradores me cuentan que estando acá fueron a la universidad, se casaron, se compraron una casa... Entonces no me da culpa. 

Su nombre aparece en la lista de los 50 argentinos más ricos, según la revista Forbes.

Todos los países se preocupan y ocupan en ver cómo logran que los ricos se queden a invertir. Porque somos hacedores. La mayoría de estos tipos que vos viste en esa lista de Forbes se están yendo de la Argentina. Por eso hoy este tema tiene que importarle a la sociedad. Y a la clase política también, porque los ricos tienen que estar en su equipo.

¿Por qué hay una mirada negativa sobre los empresarios?

Es que el concepto de “empresario” en la Argentina es pésimo. Si vos sos artista, actor, futbolista y andás en un auto de la puta madre, te aplauden. Ahora, si sos empresario: “¡Hijo de puta! ¡¿A quién le choreaste?!”. Esa frase sobre los que hicieron plata “a quién habrá cagado” generó mucho resentimiento. La riqueza forma parte del capitalismo. No seamos hipócritas. Todos vivimos en ese sistema y cada uno va buscando cómo estar un poquito mejor. ¿Cómo? Haciendo. Y yo tengo la tranquilidad de haber sido un constructor permanente. A mí no me incomoda ser empresario. Tenemos un rol fundamental en el desarrollo de cualquier sociedad.

Aun así casi la mitad de los argentinos es pobre y el desempleo es del 13%, mientras que los sectores más pudien...

La hipocresía barata de creer que la sociedad está peor porque la distribución es incorrecta. 

 ¿Entonces qué opina sobre la ley de Aporte Solidario, más conocida como “impuesto a los ricos”?

Estoy totalmente de acuerdo en que, en el contexto de la pandemia, los que más tienen, paguen más. Pero este impuesto está mal hecho porque es confiscatorio. Debería estar calculado sobre lo que ganás, no sobre “lo que tenés”. ¡Si ya existe un impuesto al patrimonio! Es un “impuesto” para captar votos, para conseguir adhesión, fanatismo. Le va a dar resultado a los políticos, no a los argentinos.

¿Hablan de esto entre ustedes?

¿Entre quiénes?

Entre los empresarios.

Mis colegas se ponen colorados. Permiten que se digan cosas sobre nosotros y no salen a poner la trucha para defenderse. Parte de la responsabilidad sobre el desprecio al mundo empresario es nuestra, porque organizamos eventos para hacer catarsis entre nosotros.

El sueño del pibe

Claudio Belocopitt es hijo de Mauricio, un hombre que a los 43 años murió de un infarto. Fue de repente, algo inesperado que dejó a su esposa, Yolanda, y a los dos hijos en el abandono económico y, también, social: los amigos de su padre, que eran sus socios en el Sanatorio Metropolitano, desaparecieron.

“Los fines de semana se armaba una fila gigante de autos en nuestra quinta de Pacheco. Eran los socios de mi padre que venían a comer asado. Después de su muerte, no supimos más de ellos. Nosotros perdimos todo. Fue un gran desfalco familiar. A los 12 años pasé de ser un nene que estaba en una clase súper acomodada a ser un pibe que se preocupaba por todo. Sentí tanta bronca. Tanta. Y creo que… No, no ‘creo’: estoy convencido de que eso fue tan traumático que me juré dedicarme a la industria de la salud, como mi viejo. Me juré que un día esos tipos que desaparecieron iban a enterarse de que Claudio Belocopitt era ‘alguien’”, dice, es obvio, Claudio Belocopitt.

Aquella quinta de Pacheco la perdieron. La madre, que era actriz pero no necesitaba trabajar, empezó a llevar los gastos del día en un libretita y salió a buscar empleo. Dio clases de teatro en la escuela Belgrano Day School y en el Liceo N°9. Compensaba los ingresos con un puesto de administrativa que le había ofrecido un hermano en una empresa de salud. Claudio Belocopitt terminó el secundario y se anotó en la Universidad de Belgrano para recibirse de contador. Era 1983 y a los 23 años ya estaba metido en la Bolsa de Comercio.

“Y me iba muy bien en la Bolsa. Era la época de las mesas de dinero, la timba financiera… Yo era un pendejo, un yuppie que ganaba plata todos los fines de semana. Pero no era lo que a mí me gustaba. Seguía pensando en mi viejo, en qué podía hacer para meterme en el rubro de la salud. ¿Qué mierda puedo hacer para que algo sea distinto y funcione? Y un día en Punta del Este, caminando por la playa…”, dice Belocopitt, echado sobre el respaldo del sillón de la oficina, las piernas abiertas, los ojos haciendo puntería.

Ese día en Punta del Este vio, como si mirara por primera vez, a la gente que como él hacía turismo en Uruguay. Las permanentes, el glamour, los bronceados anaranjados, el consumo: la ostentación. Pensó si esa gente se atendería en un sanatorio que se pareciera más a un hotel que a un hospital. Se respondió que sí. Pensó si esa gente sentiría la misma pertenencia a un sanatorio de lujo que a un shopping. La respuesta: sí. Pensó si esa gente  que se sentaba a la mesa de restó carísimos, se sentiría a gusto en una habitación bien decorada y con catering: sí. Y volvió a Buenos Aires con la idea de construir una clínica-hotel.

“En ese momento yo operaba con una casa en la Bolsa que tenía la representación internacional de un banco suizo. Y convencí a muchos inversores de ese banco a poner unos mangos en la Argentina para hacer este proyecto. El país que se caía a pedazos, estábamos por la hiperinflación... Pero a los inversores suizos les aseguraba que el proyecto iba a funcionar. Yo les contaba la historia con tanta pasión que conseguí la plata. Así que a la clínica le puse ‘Suizo Argentina’: quedaba bien y era, digamos, una gentileza”, sigue Belocopitt. 

En 1988 compró el terreno, al año siguiente empezó a construir. A los 29 años, en 1991, inauguró la Clínica y Maternidad Suizo Argentina. Hizo foco en la obstetricia inspirado en aquella caminata por Punta del Este: si esa gente se esmeraba en los preparativos de su casamiento u organizaba cumpleaños de 15 de lujo, también podía considerar un parto en un lugar que se pareciera más a un spa que a un hospital. El año de la inauguración, sin embargo, fue malo. Y llevaría tres años que el negocio rindiera.

“Me encontré con una fuerte resistencia de la industria de la salud tradicional porque en aquel momento la medicina no tenía nada que ver con la hotelería. La cama era a manivela y el zapallo en almíbar te lo tiraban en una cazuela de acero inoxidable. Si mi proyecto funcionaba, el resto tenía que poner plata. Se me vino encima una campaña de desprestigio muy grande. Los médicos, que son el puente con el paciente, no querían trabajar en mi clínica. Yo estaba preparado para un éxito extraordinario, pero el 91 fue un fracaso”, dice Belocopitt.

Así como los shoppings despliegan un marketing propio para  “atraer clientes”, en 1994  él fundó Swiss Medical Medicina Prepaga. Así, Belocopitt creó un negocio para sostener su primer negocio: sumó afiliados que pagaban una cuota para atenderse en la Suizo Argentina. En 2000 abrió el Sanatorio Agote y empezó a construir Los Arcos. La crisis económica de 2001 la surfeó comprando la cartera de clientes de otras empresas de medicina prepaga que se fundían. También adquirió una compañía de seguros, que sería el origen de lo que hoy es SMG Seguros. Después sumó la clínica Olivos. 

Con una breve experiencia como productor de espectáculos de Antonio Gasalla a fines de los ochenta, fue socio de Marcelo Tinelli en Radio del Plata y de Daniel Hadad en Canal 9. Belocopitt tiene una productora (Córner) y el 40% del canal América TV, acciones que le compró a Francisco De Narváez en 2017. Hoy su patrimonio está valuado en 440 millones de dólares. Ahora, en la oficina del piso ocho, se ríe de costado el pibe que contaba los autos de los socios de su padre en el ingreso de la quinta de Pacheco.

“La salud es como un avión”

De acuerdo a los datos que maneja Belocopitt, presidente de la Unión Argentina de Entidades de la Salud, creada en 2019, seis millones de argentinos tienen prepaga, es decir, el 15% de la población. De ese porcentaje, un 4% no paga porque se hacen cargo las empresas que emplean a los afiliados. El resto se divide en dos: los que derivan una parte del sueldo al sector privado a través de las obras sociales y los que pagan por su cuenta. elDiarioAR quiso chequear estos estimados con la Superintendencia de Servicios de Salud y también averiguar cuáles son las quejas recurrentes de los afiliados pero al cierre de esta edición (y a pesar de la insistencia) no hubo respuesta. 

“La gente cree que somos un sistema de salud público. La gente pega la boleta en la heladera y nos putea todos los meses. Se enoja con nosotros, como si nosotros fuésemos responsables. Pero somos una opción. La medicina privada no es una obligación. Es para los que pueden pagarla”, sigue Belocopitt. 

¿Los argentinos somos concientes del cuidado de la salud?

El argentino se acuerda de la salud dos veces: la primera, cada 31 de diciembre cuando levanta la copa a las 12. La segunda, cuando la pierde. 

Vivimos más, ¿vivimos mejor?

Hay una buena noticia y una mala noticia. La buena noticia es que estamos viviendo más tiempo y mejor. La mala noticia, que a la gente le cuesta entender, es que nos va a costar mucho pagarlo. La frase “la salud no tiene precio” forma parte de esa cantidad de frases hermosas para decir, pero no tiene ningún sentido. Puede ser que la salud no tenga precio, pero tiene un costo altísimo.

El Gobierno suspendió el 7% de aumento previsto para febrero. ¿Cuán atrasada está la cuota?

Hay discusiones técnicas, pero el retraso está entre el 40% y el 55, 60%. No es lo que decimos nosotros, eh, esto está respaldado por el Gobierno.

Mucha gente no podría pagar ni escalonadamente ese aumento.

Para los que no pueden, está el sistema de salud público, que tiene que ser gratuito y accesible para todos. Por eso hay que segmentarlo. La salud es como un avión: tenés pasajeros en Primera Clase, pasajeros en Ejecutiva y pasajeros en Turista. Todos viajan y todos aterrizan. Cada quien decide qué categoría puede pagar. Lo mismo pasa con el sistema de salud. La medicina privada es para los que la pueden pagar. 

Sin embargo, tener acceso a la medicina privada no es sólo un tema de recurso económico. Hay adultos mayores que pueden pagar pero las empresas no los aceptan.

Pero si el Estado no te da la solución y te quedás afuera, la culpa no es del sector privado. El PAMI tiene que atender a la Tercera Edad y el hospital público a los carenciados que no acceden al resto de los subsistemas. Y en el caso de los jubilados, tienen que asociarse antes. En este país la gente no sale con el auto si no tiene seguro, pero camina sin cobertura médica. 

¿Y los jóvenes con enfermedades preexistentes que deben hacer todo un tramiterío o pagar cifras por encima de los 30 mil pesos mensuales?

Es que la atención de la enfermedad preexistente no es algo que tenga que solucionar la prepaga. La solución se la tiene que dar el Estado, porque ese es su rol. Al sistema privado lo componen el aporte de todos sus afiliados. Imaginate si un día todos tienen una enfermedad preexistente. ¿Cómo se financia el sistema? Hay infinidad de pacientes que “cuestan” 500 mil pesos por mes y pretenden pagar una cuota de 6 mil pesos. ¿Cómo hago para cobrar 6 pero darte 500?

¿Y cómo hacen para financiarse ahora si el atraso es, en promedio, del 50%?

Hasta ahora lo sostuvimos con dos pilares. El ATP, que se terminó. Y el sector financiador, que venía bancando a las prestadoras y que gastó menos porque la gente durante 2020 iba menos a atenderse. Pero, ¿qué pasa? Enero fue el mes de más gasto prestacional, porque hubo mucha patología pospuesta que empezó a demandar atención. A esto se suma que los medicamentos subieron, la comida subió, el combustible subió, ¡los salarios subieron! ¡El dólar subió! Vamos hacia una crisis inexorable. Si el Estado colabora, puede que nos recuperemos en dos años.

¿Es cómodo ir a su propio canal a quejarse de determinadas medidas que toma el Gobierno en pandemia?

Estás pasando varias cosas por alto. Primero, voy a hablar adónde me inviten. Segundo, si les cago el rating no me llaman, ni siquiera de mi propio canal. Y tercero: también se ha dicho que la mayoría de los periodistas de América han sido anticuarentena, cosa que es cierta, y yo, en el momento más álgido, me sentaba ahí a defenderla.

De pie y lejos del escritorio, Claudio Belocopitt chequea su teléfono. Alto, desgarbado, zapatos de charol, la corbata en un nudo flojo. Sobre su escritorio hay un pelotita de golf, un encendedor de puros y un pisapapeles de hierro con esta inscripción: “Boludiasol. Antiinflamatorio testicular para pueblos cansados de boludeces”.

Fuente: DiarioAR

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