¿Desarrollo tecnológico o innovación?

Opinión 04 de noviembre de 2019 Por
#NotaDeOpinión Por Bruno Pedro De Alto, trabajador del INTI.
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El gobierno de Cambiemos colocó muchos improvisados a cargo de las funciones del Estado. En el caso concreto del Instituto Nacional de Tecnología Industrial, el INTI, una institución de ciencia y tecnología, esa condición de autoridades improvisadas los llevó a que el uso de algunas palabras “claves”, indefectiblemente perdieran contenido. Se trata de la irrupción en el discurso oficial del INTI macrista de las palabras “emprendedores” como sujetos e “innovación” como objetivos del INTI.

Dada esta penosa experiencia, es pertinente reflexionar sobre los conceptos “Desarrollo Tecnológico” e “Innovación” desde una perspectiva sistémica, académica y profesional. Como nudo del análisis la pregunta es entonces: ¿Es el INTI un centro de innovación o un centro de desarrollo tecnológico?

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Sin duda la palabra “innovación” ha ganado terreno, incluso ha creado una nueva categoría de personajes prestigiosos: los innovadores. Innovación es un concepto económico que en la década de 1930 se centró en los individuos, los emprendedores; más tarde en las empresas y sus laboratorios de I+D y finalmente sobre los sistemas científico-tecnológicos a escala nacional, incluidas las universidades.

El influyente Manual de Oslo sobre las Innovaciones de 1997, es uno de los textos de ciencia, tecnología e innovación que buscan unificar parámetros e indicadores de gestión. En él se entiende por innovación a la concepción e implantación de cambios significativos en el producto, el proceso, el marketing o la organización de la empresa con el propósito de mejorar los resultados. Los cambios se realizan mediante la aplicación de nuevos conocimientos y tecnología que pueden ser desarrollados internamente, en colaboración externa o adquiridos mediante servicios de asesoramiento o por compra de tecnología.

El cambio significativo tiene que ser implantado. Es decir, adoptado por el mercado, usado por el Estado o por la sociedad. En esta definición no vale el invento, o solo la idea. El uso de la novedad es definitorio del concepto. Por otro lado, la innovación requiere la aplicación de nuevos conocimientos y tecnología. Un simple maquillaje, un cambio de factores conocidos en términos científico – tecnológicos, no es innovación.

La necesidad de muchas empresas de posicionarse competitivamente las llevó a usar el concepto innovación como distinción, como una herramienta de comercialización. Aunque en ella no hubiera componentes tecnológicos, ni nuevos conocimientos, pero por influencia del marketing, a muchas cosas se las denomina innovación.

La función comercial de las empresas, y últimamente el uso que se hace en los organismos públicos, generó una apropiación del término de la palabra. Si la palabra impuesta es innovación, en el sentido que solo conserva el componente de novedad y uso, y se centra en la creatividad de un puñado de personas innovadoras que “leen” demandas y necesidades, y en los que solo ven mercados que son atractivos, mientras tanto pierde el su contenido tecnológico; se está dejando atrás el complejo proceso del Desarrollo Tecnológico y sus métodos. Así se desvanece el trabajo de los científicos y de los tecnólogos.

Si esto último ocurre en el ámbito de una conducción política de un organismo científico – tecnológico, se corre el peligro de llevar la institución al terreno del confinamiento social de ser un organismo que no cumple su función esencial. Otro riesgo que trae aparejada esta simplificación del concepto innovación, es limitar a la innovación como un mero proceso creativo. La creatividad como un don, o como una habilidad aprendida. Un resumen binario entre idea – problema y solución original.

La innovación tecnológica en realidad no es un proceso lineal, como la mayoría de las personas creen que es cuando se describe alguna invención relevante. Se trata de un proceso altamente iterativo y las iteraciones no consisten solamente de tratar la misma tarea una y otra vez. Las iteraciones suelen incluir “malabares” y reconsiderar muchos factores técnicos y de negocios, con una vista siempre cambiante de cómo se puede implementar la idea, y en los mercados que puedan estar interesados. Poco a poco se llega a un nuevo producto y un nuevo negocio que podría ser bastante diferente de lo que se imaginó primero. 

Diversos especialistas y autores, han explicado la dinámica de ese proceso. Ese marco teórico, o descriptivo del proceso se encarga de rechazar la tradicional cadena lineal [ciencia – ciencia aplicada – tecnología] planteada por Vannevar Bush, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial. Lo que ellos hacen es plantear, explicar y entender las múltiples relaciones actuales entre la ciencia y la tecnología. Demuestran que el proceso político de ciencia, tecnología y desarrollo constituye el resultado de la acción múltiple y coordinada de gobierno, estructura productiva e infraestructura científico-tecnológica, donde la ciencia no siempre empuja el desarrollo. En definitiva, la realidad es más compleja que el modelo de Bush.

El desarrollo tecnológico, los antecedentes técnicos de la innovación, es la historia olvidada, y a veces oculta, de la innovación. Porque el proceso iterativo es tedioso, tiene incluso fracasos parciales o totales. En cambio, la innovación es glamorosa. Es el éxito de los exitosos. Pero la realidad es que ningún inicio empresario, ningún producto nuevo tiene su punto de partida sin haber tenido en su haber antecedentes previos a esa fecha más allá del “nacimiento”. El emprendedor, esa idea de un protagonista individual, es la de un héroe solitario que no le debe nada al pasado.

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Las habilidades y herramientas para realizar desarrollo tecnológico, son absolutamente diferenciales para un organismo dedicado a la tecnología. Sin ellas, no se produce tecnología. Son el núcleo duro de su naturaleza institucional. Empresas tecnológicas, universidades o consultoras, pueden llegar a dominar y usar algunas de estas herramientas. Pero en Argentina, son pocas las instituciones que las dominan en totalidad, y además poseen los activos tecnológicos para utilizarlas. La CNEA, la CONAE, el Y-Tec, son algunas de ellas. Pero fundamentalmente los institutos tecnológicos nacionales, como por ejemplo, el INTI, están altamente calificados para hacerlo.

El INTI tiene, entre otras, la misión de producir soberanía tecnológica, y transferir sus logros al entramado productivo nacional. La transferencia tecnológica implica adopción y uso, en definitiva, lograr la innovación.

La anterior afirmación, implica entonces una dimensión intrínseca, y una condición de contorno e interacción con el contexto. La dimensión intrínseca, define el proceso de desarrollo tecnológico y sus herramientas; y la condición de contorno e interacción con el contexto, define los mecanismos de vinculación y transferencia tecnológica, es decir, la garantía de que se dé el uso y apropiación de lo desarrollado. La ultra simplificación de la innovación como la capacidad creativa, la sobrevaloración de los emprendedores, la liviandad de pensar que todo nace desde una idea genial, son un cúmulo de conceptos irritantes confrontados a la complejidad de la idea de una Argentina desarrollada industrialmente por la vía tecnológica.

Para resolver definitivamente la pregunta “¿Es el INTI un Centro de Innovación o Centro de Desarrollo Tecnológico?”, primero tenemos que afirmar que aquí no se ha minimizado los conceptos de innovación, creatividad, y emprendedorismo. No, claramente no. Se los ha estado contextualizando, y encontrándoles su justa medida y oportunidad, en el universo de la ciencia, la tecnología y el desarrollo que es amplio y complejo.

El INTI, si no desarrolla tecnología, se aleja de su razón constitutiva, se aleja de las expectativas de la industria nacional. El desarrollo tecnológico es su núcleo duro. Sin embargo, es imprescindible que se vincule y transfiera tecnología. Pero esto último también es claramente responsabilidad compartida, sobre todo con la industria nacional.

El INTI, por sus procesos intrínsecos propios, es un centro de desarrollo tecnológico, que en la medida que se vincule y transfiera tecnología, cumple con la definición del Manual de Oslo sobre Innovación. De esa manera, puede ser llamado, porque es parte de un sistema, también centro de innovación. Esto contiene a la creatividad, y a los innovadores, como parte. Solo eso, como parte.

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